Hace cuarenta años llegó a Galicia, a la Costa de la Muerte, un alemán que se buscaba a sí mismo. Y se quedó. Es Man: el náufrago voluntario, el ermitaño, el artista de Camelle. Por aquel entonces la gente del pueblo lo rehuía, pero ahora, tanto él como su museo se han convertido en atracciones turísticas.
Man vive tranquilo en la Costa de la Muerte, cerca del mar, allí donde rompen las olas, rodeado de su propio universo. “Cuando vine aquí, esta zona fue para mí como un paisaje lunar, a parte del mundo. Yo siempre había soñado cómo sería poder vivir en la luna o en el espacio, en el universo... Muy lejos de todos, a parte del mundo, muy lejos”, explica.
Después de vivir diez años en una casa de las afueras de Camelle que le dejaron, Man se compró una pedrera. Allí, en primera línea del mar y con la ayuda de algunos pescadores del pueblo, se construyó una casa, su ermita. Entonces comenzó su renuncia absoluta del mundo.
Poco a poco Man fue modelando el paisaje que rodeaba la casa. Utilizando los objetos que le daba la naturaleza, se construyó su propio entorno. Al cabo de un tiempo sintió la necesidad de abrir su mundo a los demás. Así nació el museo de Camelle.
Con el dinero que recauda con la entrada al museo, Man tiene lo justo para comprarse un poco de fruta o verduras en el pueblo que, junto con las algas que recoge del mar, son su único alimento.
Una vida al margen de todo: A Man le es indiferente vivir al margen de los corrientes artísticos, de los que desconoce prácticamente todo. Él vive para él mismo. Sólo hay un artista que le ha conmovido. Se siente cercano a él, pero no a su manera de trabajar: es Antonio Gaudí. “Si, Gaudí es mi padre. Hacer algo como yo con planos es imposible, porque es una obra espontánea y de antemano no puedes saber las circunstancias, ni cómo irán las piedras. Así, sin planos, es más interesante. Así no puedes saber el resultado de antemano", comenta.
Man trabaja solo y exclusivamente con las manos. Es un ejercicio de mucha paciencia que da resultados muy lentamente, con mucho esfuerzo. Él sabe que las cosas podrían ser diferentes: “Me parece que en mi trabajo sólo con mis dos manos es muy infantil, aunque las piedras que puedo mover cada vez son más grandes, pero me parece que hacer mis monumentos sin grúa es muy infantil”.
Visitantes curiosos: Los niños seguramente son los únicos que visitan a Man durante los meses de invierno. Los adultos del pueblo no quieren saber nada, no le entienden. Para los niños, Man es diferente de toda la gente que conocen. Es el que siempre va corriendo medio desnudo, aunque sea invierno. Les deja papel y lápices de colores para que pinten lo que quieran. Es como un personaje de cuento, que ya forma parte del paisaje de Camelle. Algo que le hace gracia al mismo Man: “Esto es para la interpretación libre, sí, para que los niños produzcan su propia imaginación, y yo les doy a cada niño una libreta para hacer un dibujo libre sobre el museo”. El dibujo forma una parte muy importante en la vida de este náufrago voluntario. Cada vez hay menos espacio en su habitáculo. Vive rodeado por más de dos mil libretas llenas de dibujos y escritos, fruto de aquellos que alguna vez visitaron al náufrago de Camelle y a su museo. “El museo es el árbol, y cada folio de la libreta es un folio de ese árbol y cada dibujo es un fruto de ese árbol", explica.
Un pueblo distinto: Camelle ha cambiado mucho desde que llegó Man. Hace cuarenta años era un pueblo de pescadores completamente aislado, sin carretera, donde la dura vida cotidiana obligó a la gente a emigrar. A Man, el Camelle moderno no le gusta, ni sus nuevos edificios de hormigón, ni que la gente haya cambiado y sea más desconfiada. Para Man, Camelle se ha convertido en un pueblo sin encanto. Él siempre pasa corriendo. El único contacto que tiene es cuando recoge el correo o cuando va a comprar las frutas y verduras que necesita. María Tajes, vecina de Camelle, se sorprende la expectación que genera Man en el pueblo: “Vienen de Coruña, vienen de Madrid, vienen de todos los sitios, la gente de fuera todos vienen para verle y nosotros no sabemos porque, pero los turistas vienen a Camelle”.
Un incomprendido con un sueño: La antigua y buena relación que tenía Man con los pescadores se rompió cuando empezó a cobrar a los turistas que visitaban el museo. Un abismo de incomprensión se abrió entre Man y los demás. El momento más trágico fue cuando le dieron una paliza: “Cuando se me castigó una vez por lo del museo, y vinieron con palos, yo dije: soy Man, el hijo del hombre y hace dos mil años me han tratado como hoy. Poco después de estas palabras, unos dos minutos o así, me dieron con los palos y tuve que estar dos meses en cama, sin poder correr”. La relación de Man con el mundo es la de un pez fuera del agua, la de un náufrago que no quiere volver, pero que continua enviando mensajes. Pero Man, como cualquier hombre, también sueña y en su sueño expande su universo más allá de sus propios límites. Y se deja llevar por su imaginación: “Me gustaría poder comprar las fincas y con camiones poder llevar mis piedras hacia el monte, para encerrar el museo en su propio mundo, protegido del pueblo". Fuente: (www.thalassa-online.com)

Curioso sitio situado en el pueblo de Camelle, merece la pena ir a verlo si estais por la zona, no se si habran tomado medidas para conservarlo porque si no este museo acabará como su creador, derruido por el olvido la tristeza y el mar.
Coordenadas N 43.18729 W 9.09014
Curioso, parece un hombre tumbado
Infinidad de gaviotas que salen a por los restos que las pescaderas echan a las rocas al limpiar las cajas del pescado.
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