La costa Cantábrica está salpicada de verdaderas joyas al borde del mar. La playa de Langre, situada en el municipio cántabro de Ribamontán al Mar, muy cerca de localidades como Somo, Loredo y Galizano, es una de las menos conocidas de nuestro litoral y, sin embargo, de las más bellas y solitarias que existen.
Una horita de coche desde Bilbao y aparecerás, de repente, en un paradisíaco entorno con verdes y extensas praderas donde pastan las vacas, y majestuosos acantilados que nada tienen que envidiar a los de Escocia o Irlanda. Abajo, te espera una playa de arena blanca y fina a la altura de las más cotizadas del Caribe, y unas aguas que, en días de calma, lucen turquesa y cristalinas, como las de Ibiza o Palma, aunque, eso sí, bastante más frías. Pero quizá lo mejor de todo es que uno puede extender su toalla tranquilamente, sin tener el pie del vecino incrustado en la tripa y sin que nadie te juegue a las palas encima de la cabeza, con el consiguiente riesgo de que la pelotita te salte un ojo.
Langre suele estar a salvo de aglomeraciones y avalanchas de veraneantes, gracias a que la zona se ha librado milagrosamente de la invasión del ladrillo y que su acceso se realiza por una angosta escalera no apta para todos los bañistas. Las campas que la rodean se convierten en verano en aparcamientos improvisados que los aldeanos alquilan a sus intrusos invasores de chancla y sombrilla. El arenal de casi un kilómetro, protegido por un precipicio semicircular de 25 metros , forma una media luna dorada que cada verano atrae a surfistas de todo el mundo. La playa está dividida en dos tramos, el más grande abierto al Cantábrico y salpicado por tablas y trajes de neopreno que se deslizan sobre la cresta espumeante de las olas; y otro pequeño que dibuja una calita mansa, ideal para darse un baño tranquilo. Aquí los niños pueden chapotear en el agua sin peligro alguno y los mayores nadar sin temor a las traicioneras corrientes marinas.
Un puntal rocoso divide ambas playas. Antes de decidir en cuál de las dos pasar el día, párate un momento en el mirador que hay sobre este pico y contempla las preciosas vistas que te regala la naturaleza. Más tarde, si la pleamar te lo permite, podrás pasar de una playa a otra por la orilla, mientras descubres pequeñas cuevas cinceladas por el mar en la pared de roca. A media tarde, cuando empiece a irse el sol y refresque un poco el ambiente, puedes aprovechar para dar un largo paseo por los acantilados hasta divisar, a lo lejos, la bahía de Santander, respirar la brisa y pensar que, al fin y al cabo, como en casa, en ningún sitio. Fuente: (www.elcorreodigital.com)

Un dia dando una vuelta por la zona me meti por unas carreteras cercanas a la costa y despues de muchos cruces y demas apareci en el lugar que veis. Es un mirador con unas grandes vistas que da a una playa bastante grande y llena de surfistas. No hay ningun problema en dejar las motos ya que hay una especie de parking. Sitio muy bonito para ir a dar una vuelta o un buen baño en veranito.

Coordenadas N 43.47624 W 3.69411

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